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Huéspedes en el cerebro - LP 27 de febrero del 2011

 

Huéspedes en el cerebro

 
  • ¿Come usted cerdo? ¿Se lava las manos antes de cocinar o comer? ¿Lava bien las verduras y vegetales? Aunque suene trillado, ingerir un alimento contaminado puede matarlo y, a veces, de manera lenta y dolorosa. Todo empieza con la larva de un parásito muy común...

 

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Por Hilda Rosa Maradiaga.- Es 1993. Carlos tiene 16 años y muchas energías. Una tarde cualquiera se recuesta en su cama con todo y zapatos. Estaba llegando de algún lugar que ahora no recuerda. De pronto siente una especie de calambres en la pierna y al siguiente momento empieza a convulsionar. Del otro lado de la habitación su hermano escucha ruido y corre a ver qué pasa. En un segundo, toda la familia está reunida alrededor de Carlos. Los hermanos miran con espanto y temor, la madre llora y todo es confusión.


Cuando una persona convulsiona, no siempre pierde el conocimiento. En ese entonces, Carlos, a quien llamaremos así porque prefiere dar su testimonio desde el anonimato, experimentó muchas, pero siempre estuvo consciente. “Era algo horrible. La lengua se te enrolla y te puede asfixiar. Yo estaba consciente de que me estaba asfixiando. Podía ver a mi mamá llorando, recuerdo a mis hermanos alrededor, era espantoso”, recuerda.


Después de los chequeos médicos y una tomografía, los resultados revelados dejaron a la familia desconcertada. Cisticercosis era una palabra desconocida para ellos. “Fue algo nuevo, pero mi papá empezó a investigar sobre la enfermedad, preguntaba a los médicos y era el encargado de contar a la familia de qué se trataba y cómo iba evolucionando cuando ya estaba ingresado en el hospital”, dice.


Ese viernes, en el Hospital Bautista, con toda la seriedad del caso el doctor Carlos Banceti (q.e.p.d.) explicó al papá de Carlos que la tomografía mostraba una larva en el hemisferio derecho del cerebro de su hijo. Era necesario hospitalizarlo. Una parálisis en la parte izquierda de su cuerpo estaba latente. Pero aún con este diagnóstico, Carlos pidió a su padre que le permitieran ingresar hasta el lunes al Hospital Militar, donde decidieron que pasaría el internamiento. Quería disfrutar ese fin de semana. Y sus padres lo complacieron.
Pero Carlos recuerda que “todo se aceleró”. “Me fui a jugar beisbol, choqué contra otro chavalo y el golpe fue en la cabeza. Eso aceleró todo el proceso. Me desmayé y cuando desperté ya estaba en el hospital. No podía mover la parte izquierda de mi cuerpo”.

 

La cisticercosis es una infección causada por la larva cisticercos que produce el parásito llamado Tenia o Solitaria, como se le conoce popularmente. La neurocisticercosis ocurre cuando esa larva logra alojarse en el cerebro de una persona. Éste era el padecimiento de Carlos.


Según el neurólogo Walter Díaz, la gravedad de la enfermedad depende del lugar donde se situé la larva dentro del cerebro. Podría desde ni siquiera causar síntomas hasta provocar la muerte.


 “Muchas personas han padecido neurocisticercosis y ni siquiera se enteran porque nuestro organismo tiene defensas que no permiten que el parásito llegue a causar daños. En muchas tomografias de pacientes hemos encontrado calcificaciones que nos indican que ahí algunas vez hubo infestación de cisticerco, pero como no dio síntomas, el paciente no se entera”, asegura el neurólogo.


Otras veces, sin embargo, la infección puede ser mortal. Los síntomas son diferentes, pero el principal de ellos es una crisis convulsiva e intensos dolores de cabeza, describe.


“La hipertensión intracraneal es un síntoma que se presenta cuando la larva está en los ventrículos del cerebro, donde se encuentra el líquido céfalo raquídeo. Cuando esto ocurre, el paso de ese líquido se obstruye y se acumula produciendo un aumento de la presión dentro de la cabeza. Eso da mucho dolor de cabeza y vómitos”, explica el médico.

 

En estos casos, agrega, podría haber necesidad de poner una válvula en el cerebro para descomprimirlo. También dice que es probable que haya secuelas, como dificultad para caminar o ejecutar funciones cognitivas como el lenguaje o el aprendizaje.

 


Pero Díaz también afirma que la mayoría de las personas que sufren neurocisticercosis logra curarse sin mayores consecuencias. “Algunas personas podrían presentar crisis convulsivas el resto de sus vidas, pero eso depende del lugar del cerebro en donde se encuentre la calcificación”, dice.


La muerte también es una posibilidad, en caso de que una alta presión dentro del cerebro no sea atendida a tiempo. Igualmente “las crisis convulsivas pueden desarrollar la fase más avanzada, pero ésos son casos raros”, asegura el especialista.


Cuando las larvas están en un lugar en el que puede resultar de gran peligro, se recomienda una neuroendoscopía para llegar hasta ahí y limpiar la parasitosis, pero en Nicaragua este procedimiento está disponible únicamente en los hospitales privados. La mayoría de los casos, dice el médico, se trata con Albendazol.


La incidencia de cisticercosis y neurocisticercosis en Nicaragua “es bastante alta, pero no se tiene la cifra precisa porque hay un subregistro”, indica el neurólogo Walter Díaz.


José Luis Soto, doctor en veterinaria y coordinador del Centro de Estudios Diagnósticos e Investigaciones Veterinarias de la Universidad de Ciencias Comerciales (UCC), afirma que Nicaragua ocupa el segundo lugar con incidencias de esta enfermedad en Centroamérica. Honduras es el primero. Pero el centro no cuenta con estadísticas porque Soto asegura que no hay un registro oficial.


Según el sitio web del Ministerio de Salud (Minsa), el Laboratorio de Parasitología del Centro Nacional de Diagnóstico y Referencia (CNDR-Minsa) realiza pruebas con alta confiabilidad desde 1994. El diagnóstico serológico es de gran ayuda para detectar los casos, tomando en cuenta que las tomografías en Nicaragua tienen costos que para la mayoría de la población resultan muy altos, indica. Sin embargo no tiene datos estadísticos.


El doctor Díaz explica que la neurocisticercosis suele diagnosticarse por tomografías. Los laboratorios ofrecen una prueba de sangre, pero el médico dice que no es confiable porque todas las personas que han estado expuestas al parásito podrían resultar positivo, aunque la enfermedad no esté activa. También hay una prueba de líquido céfalo raquídeo, pero aclara que en Nicaragua éste no se realiza.

 

José Luis Soto, doctor en veterinaria y coordinador del Centro de Estudios Diagnósticos e Investigaciones Veterinarias de la UCC.

Durante 21 días, Carlos estuvo ingresado en el Hospital Militar y tomó un tratamiento de Albendazol y Praziquantel. La segunda es una pastilla muy costosa que en ese tiempo no había en Nicaragua y su papá la tenía que mandar a traer a Costa Rica. “El doctor nos explicó que su función era desbaratar a las larvas que estaban en mi cerebro”, explica Carlos.

 


A sus dieciséis años, Carlos salió del hospital en un andaribel porque no podía caminar o sostenerse en pie. Pero parecía que lo más difícil ya lo había superado, hasta que un mes después volvió a convulsionar, porque el parásito aún estaba alojado en su cerebro y volvió al hospital. La enfermedad lo atacó con más fuerzas.


“Me dieron convulsiones fuertes. Estaba acostado y empecé a convulsionar, mi hermano le avisó a todos y como un minuto después de haber pasado la primera convulsión, vino otra y luego otra y así estuve. Podía durar un minuto, pero yo sentía una eternidad, me sentía cansado y me estaba dando por vencido. Tu cuerpo se agita, se va cansando, toma un movimiento sin control, la lengua te asfixia. La segunda vez todo fue peor.

 

Mi cuerpo estaba rechazando los medicamentos y mi papá ya estaba haciendo gestiones para llevarme a Cuba”, recuerda.


Esta vez, la estadía de Carlos en el hospital fue de un mes y cuatro días. Cuando salió no podía caminar, andaba en silla de ruedas y su hermano lo llevaba al baño. Necesitó hacer fisioterapia en el Hospital Aldo Chavarría. “Ahí miraba a otras personas que físicamente estaban peor que yo y aún así hacían mucho esfuerzo, entonces me llené de una fuerza interna y positivismo. Después de la terapia, llegaba a mi casa a seguir haciendo ejercicios”, comenta.


“Al saber que tenía un parásito en el cerebro, me sentí extrañado. Me sentía raro y me preguntaba ‘¿qué es esto?’ Pero a la vez tenía la fe en que habría remedio. También me ayudó la energía de los 16 años, estaba en secundaria y tenía la mirada puesta en una profesión”, agrega este muchacho que ahora tiene dos profesiones y es reconocido en su medio.


Para él esa experiencia fue un momento decisivo en su vida, en el que siempre contó con el apoyo moral de sus padres y hermanos, pero reconoce que para su familia fue más duro que para sí mismo.


“Para toda la familia fue una época muy tensa. Para mi mamá fue muy duro, un tormento. Recuerdo —dice Carlos— que ella decía que deseaba estar en mi lugar. Sus lágrimas eran las lágrimas de una madre que ve a su hijo convulsionando, al borde de la muerte y no puede hacer nada”. Aunque él logró sobrevivir.

 

LP 27 de febrero del 2011

 

http://www.laprensa.com.ni/2011/02/27/reportajes-especiales/53351

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