Foro Medico Nicaraguense

Por la Instalación del Colegio de Médicos y Cirujanos de Nicaragua

El dedo de Rosario

Había una vez, hace mucho tiempo ya, un viejo hospital donde los viejos maestros de la medicina enseñaban con entusiasmo a los jóvenes alumnos que ya habían tomado la decisión de convertirse en doctores. Los aprendices del primer año éramos los más tímidos, ingenuos y el blanco de las bromas de los alumnos de años superiores. Por esa época la facultad de medicina estaba ubicada en las afueras de la ciudad y la conformaban una serie de amplios galerones rodeados por todos lados de frondosos árboles. En la sala de medicina de varones cada paciente estaba asignado a un grupo de alumnos. Debíamos realizar la historia clínica y el examen físico a todos los huéspedes de aquella sala.

Cada cierto tiempo, Rosario entraba a supervisar nuestro desempeño. Era una doctora que estaba por terminar la residencia en Medicina Interna. Alta, robusta, era de raza negra y provenía de la costa caribe de Nicaragua. Tenía las manos grandes igual que sus caderas. Le gustaba hacer bromas y siempre estaba sonriente. A la hora de ser exigente con nosotros se transformaba. Por supuesto todos la respetábamos, a tal punto que era la única de quienes nos enseñaban, que no le habíamos puesto apodo.

Era viernes por la mañana, la próxima semana empezaba la semana santa y todo mundo quería terminar pronto sus quehaceres. A eso de las diez nos llegó un ingreso. Un tipo de unos 60 años, gruñón y mal encarado. La diabetes lo tenía descompensado y su presión arterial andaba por las nubes. Procedimos al interrogatorio lo cual aceptó de mala gana. No quería cooperar. A mediodía íbamos por la mitad de la historia, seguro que Rosario nos iba a amonestar por flojos. Cada uno hacía sus planes de verano, los comentarios siempre iban a parar a la fabulosa fiesta en El Rancho Sonoro con los Hermanos Cortés. El viernes avanzaba y hacía falta la mitad del examen general al viejo. Con suerte terminaríamos como a las 5. Procedimos a solicitarle al paciente que se acomodara para el tacto rectal. La respuesta fue una retahíla de ofensas y la rotunda negación a tal prueba. Le suplicamos como media hora y nada. El viejo gruñón ponía en duda nuestras habilidades médicas. No nos imaginábamos su reacción si se enteraba que éramos de primer año. Rosario entró a la sala, la vimos acercarse con paso firme. Apoyando sus manos en el borde de la cama nos pidió la información del hombre. Le dimos datos generales e informamos de su negativa al tacto rectal.

Luego, antes de alejarse nos conminó: “Si no hacen ese tacto, no se van”. La amenaza cayó como bomba. Procedimos de nuevo a otro intento. Yo tenía el guante bien embadurnado con el gel, listo para el procedimiento. El viejo no entendía razonamientos. Ya me dolía tener el brazo extendido. Una enfermera llegó en nuestro auxilio. Tampoco funcionó. En eso apareció de nuevo Rosario y preguntó si habíamos terminado. Se retiró repitiendo la misma amenaza cuando el reloj señaló las cinco de la tarde. De los otros grupos ya no quedaba nadie. En nuestras caras se dibujaba la desolación. Una hora después volvió Rosario. Mientras caminaba hacia nosotros y movía sus caderas con un ritmo acelerado, iba colocándose un guante en su mano derecha. La contemplamos sintiendo cierta felicidad en nuestros corazones. El viejo estaba horrorizado. Aquella mujer extendió su mano mostrando su índice, y se oyó como un trueno cuando gritó: “!Gel! aprisa le pusimos lo que quedaba del gel en su dedo índice. Aquella extremidad, más que un dedo parecía un bollo de pan cubierto por aquel líquido transparente. Tomó al viejo por el cuello con una sola mano y lo acostó boca abajo, después en posición lateral, flexionó sus rodillas, bajó la piyama y dejó al descubierto las nalgas de aquel ser indefenso. Entonces en fracciones de segundos introdujo su aterrador índice y procedió al examen. El pobre viejo temblaba a merced de la residente. No se quejó, no gimió, había enmudecido. Rosario se deshizo del guante y nos ordenó escribir en el acápite del examen físico: “Sin datos patológicos” y desapareció.

Empezaba el atardecer. Recogimos nuestras cosas y empezamos a caminar a la salida del hospital. Vimos pasar un bus Chimbarón a lo lejos. Ibamos haciendo bromas sobre el viejo y haciendo el cálculo de las posibles secuelas de… el dedo de Rosario.

Juan Centeno
León/Febrero 2012

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Respuestas a esta discusión

Bonito relato Dr. Centeno, con certeza la doctora Rosario no andaba con varas ni miramiento para ejecutar su trabajo... me gradaron mucho las descripciones sobre el ambiente hospitalario, que sin duda se refería al Hospital  San Vicente que fungía como hospital escuela a la salida de Leon hacia Chinandega, lo cual me trajo gratos recuerdos de tiempos idos. Abrazos

Si hace lo mismo en estos tiempos, va presa, por asalto fisico, por no tener consentimiento del paciente. Como cuento de caminos esta bien.

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